Los problemas de pareja son también oportunidades educativas para demostrar que el conflicto no equivale a daño. 

El conflicto es inherente a las relaciones humanas y surge con frecuencia cuando objetivos, metas, deseos, planes… de unos y otros no coinciden. Como sabemos, en el seno de la pareja se dan con cierta asiduidad este tipo de discrepancias, teniendo a nuestros hijos e hijas como testigos. Pero el conflicto se convierte en un serio problema de pareja cuando no se resuelve adecuadamente, bien porque se carecen de las habilidades comunicativas necesarias o simplemente porque los objetivos y metas vitales de ambos son irreconciliables. En este último caso, la separación y ruptura de la pareja aparece como la opción más razonable.

Pero, ¿cómo afecta el proceso de separación al desarrollo socioemocional de los hijos e hijas? Aunque nos parezca sorprendente, numerosos estudios han constatado que en sí mismo el proceso de ruptura no es negativo para ellos. Más bien, es la posible conflictividad de la que son testigos antes, durante y después de la separación la que puede comprometer seriamente su bienestar. Si para los adultos siempre es muy desagradable afrontar un proceso de separación, para los hijos e hijas se convierte en un infierno presenciar o escuchar cómo su padre y/o su madre (o sus dos madres o sus dos padres) convierten en eje principal de su existencia la destrucción del otro. Más aún cuando son utilizados como arma arrojadiza en la batalla, y las deliberaciones por su custodia responden más a la lógica de una disputa que al deseo sincero de garantizar su bienestar emocional.

Los padres y madres nunca deberíamos olvidar que somos modelos de comportamiento para ellos; nuestras formas de hacer se incorporan con suma facilidad a su acervo de aprendizajes. En un futuro no muy lejano, ante situaciones semejantes, no habría de sorprendernos ver cómo reproducen algunos de estos comportamientos. Por tanto, los problemas de pareja constituyen también oportunidades educativas, en las que poder demostrar a nuestros hijos e hijas que el conflicto no conlleva necesariamente el daño del otro. Que sólo terminó el amor que en su día conformó una pareja, pero que ninguna batalla ha comenzado. Y, por supuesto, que el cariño incondicional de ambos hacia ellos permanece inalterable y a salvo de todos los problemas.

La dislexia no es un asunto grave, pero deben tomarse medidas. La dislexia es un síndrome que se distingue por la dificultad para la distinguir y memorizar letras o grupos de letras, colocarlas en el orden correcto la mala estructuración de frases, entre otras.Este problema puede desembocar en la falta de atención del niño, que debido al esfuerzo extra que debe hacer para superar esos problemas acaba fatigado. Esta es la causa de que a la hora de enseñarles a leer o escribir el niño no preste interés, ya que le cuesta mucho trabajo y no le resulta agradable.

Desinterés en el colegio

Si además el niño no tiene la suficiente estimulación por parte de padres y profesores, lo que se conseguirá es que tenga muy poco interés por las tareas escolares. Esto repercutirá negativamente en el desarrollo escolar del pequeño y obtendrá malas notas, llegando incluso al fracaso escolar.Este problema además le genera grandes dosis de inseguridad y falta de a la hora de reaccionar. Pero por otro lado, para defenderse de estos problemas establece un mecanismo de vanidad y defiende sus argumentos a capa y espada. Para los padres resulta más sencillo descubrir que su hijo es disléxico en el momento en el que el pequeño comienza la escuela, cuando empieza con las tareas básicas de lectura y escritura.

Dependiendo de la edad del niño, la dislexia presenta tres niveles de evolución. Esto quiere decir que aunque el niño supere los problemas del primer nivel, rápidamente tendrá que enfrentarse a los que le supone el siguiente. La dislexia es un problema que tiene solución, con terapias y ayuda de profesionales el niño puede tener un desarrollo normal y una educación como la del resto de los niños.

Entre los 4 y los 6 años

El niño se encuentra en la etapa preescolar, por lo que el problema de la lectura y de la escritura no están especialmente desarrollados. Las alteraciones se muestran en el área del lenguaje, entre ellas:

  • Eliminación de fonemas, por parte del niño, como por ejemplo “e coche” por ” el coche”.
  • Desorden de fonemas, por ejemplo “name” por “dame”.
  • Vocabulario pobre y dificultad en la forma de expresarse.
  • Modificación en el orden de los fonemas dentro de una sílaba o palabra, como por ejemplo: “pardo” por “prado”.

 

Entre los 6 y los 9 años

Aquí el niño ya tiene mayor acercamiento a la lectura y la escritura y por tanto ya debería manejarlas con fluidez. Entre las alteraciones que se muestran las más habituales son:

  • Confusiones en las letras que tienen una similitud tanto en su forma como en su sonido, por ejemplo: “d” por “b”; “p” por “q” etc.
  • Problemas a la hora de aprender nuevas palabras.Pero nada que no pueda solucionarse con la ayuda de un buen profesional.

Durante el mes de septiembre nuestros hijos e hijas han vuelto de nuevo al colegio y, en algunos casos, han hecho por vez primera su entrada en un centro educativo. Seguro que muchos padres y madres han acompañado expectantes a sus hijos de menor edad que acudían por primera vez a su escuela infantil o que ingresaban por primera vez en el nuevo colegio. En muchos casos padres e hijos han vivido esa experiencia con ansiedad y preocupación, y en otros casos la entrada ha estado acompañada de gran angustia y llantos. En algunos casos, los docentes habrán comentado a las madres y padres que han ido a recoger a sus hijos que estos han permanecido callados, aislados o han mostrado gran timidez en sus relaciones con los compañeros. Y, seguro, que han quitado importancia indicando que tras los primeros días todo esto se irá pasando.

Es cierto. Lo normal es que pasados los primeros días los pequeños se hayan adaptado a su nueva situación, hayan comenzado a hablar con sus compañeros y profesores, y comiencen poco a poco a hacer amigos entre ellos. Pero, ¿qué pasa si lo normal no es lo que ha sucedido? ¿qué sucede si la niña o el niño se niegan a hablar en el colegio?

No es frecuente, pero en ocasiones hay niños que después de su ingreso en la escuela infantil o el colegio, tardan bastante tiempo en comunicarse con compañeros y docentes. Se mantienen mudos, y a lo sumo se hacen entender por gestos. Sin embargo, en el ámbito familiar el menor habla sin problemas, se comunica con sus padres o hermanos, aunque posiblemente se haya observado que es muy tímido con extraños y no suele hablar con ellos. Si después de los primeros meses de escolarización el problema comienza a resolverse no hay que preocuparse, solamente estar atentos el curso siguiente para comprobar que no vuelve a suceder.

Sin embargo, hay casos donde el problema persiste más allá de los primeros meses de escolarización. La niña o el niño siguen sin hablar después del primer trimestre, aunque quizás se comunique por gestos con algunos de sus compañeros y el profesor. Sin embargo, el niño permanece mudo para el resto. Es muy posible entonces que el niño tenga un problema conocido como mustismo selectivo. Éste es un tratorno psicológico raro, aparentemente sin importancia en un primer momento, pero que con el tiempo puede tener repercusiones graves en la vida del menor. Así, afectará no sólo las relaciones sociales del niño, sino también su rendimiento escolar, y tiene muy mal pronóstico si no se trata a tiempo.

Cuando el niño parece presentar mutismo selectivo, y una vez comprobado que no mejora su funcionamiento tras los primeros meses de escolarización, es necesaria la intervención de un psicólogo infantil especializado en este tipo de problemas. Primero debe comprobarse que el problema que se trata es un mutismo selectivo, y si es así debe intervenirse lo antes posible. Con la ayuda de los profesores y adultos que rodean al niño, y con una gran paciencia, el problema podrá ser solucionado con lentitud pero satisfactoriamente.