Los problemas de pareja son también oportunidades educativas para demostrar que el conflicto no equivale a daño. 

El conflicto es inherente a las relaciones humanas y surge con frecuencia cuando objetivos, metas, deseos, planes… de unos y otros no coinciden. Como sabemos, en el seno de la pareja se dan con cierta asiduidad este tipo de discrepancias, teniendo a nuestros hijos e hijas como testigos. Pero el conflicto se convierte en un serio problema de pareja cuando no se resuelve adecuadamente, bien porque se carecen de las habilidades comunicativas necesarias o simplemente porque los objetivos y metas vitales de ambos son irreconciliables. En este último caso, la separación y ruptura de la pareja aparece como la opción más razonable.

Pero, ¿cómo afecta el proceso de separación al desarrollo socioemocional de los hijos e hijas? Aunque nos parezca sorprendente, numerosos estudios han constatado que en sí mismo el proceso de ruptura no es negativo para ellos. Más bien, es la posible conflictividad de la que son testigos antes, durante y después de la separación la que puede comprometer seriamente su bienestar. Si para los adultos siempre es muy desagradable afrontar un proceso de separación, para los hijos e hijas se convierte en un infierno presenciar o escuchar cómo su padre y/o su madre (o sus dos madres o sus dos padres) convierten en eje principal de su existencia la destrucción del otro. Más aún cuando son utilizados como arma arrojadiza en la batalla, y las deliberaciones por su custodia responden más a la lógica de una disputa que al deseo sincero de garantizar su bienestar emocional.

Los padres y madres nunca deberíamos olvidar que somos modelos de comportamiento para ellos; nuestras formas de hacer se incorporan con suma facilidad a su acervo de aprendizajes. En un futuro no muy lejano, ante situaciones semejantes, no habría de sorprendernos ver cómo reproducen algunos de estos comportamientos. Por tanto, los problemas de pareja constituyen también oportunidades educativas, en las que poder demostrar a nuestros hijos e hijas que el conflicto no conlleva necesariamente el daño del otro. Que sólo terminó el amor que en su día conformó una pareja, pero que ninguna batalla ha comenzado. Y, por supuesto, que el cariño incondicional de ambos hacia ellos permanece inalterable y a salvo de todos los problemas.

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